domingo, 20 de noviembre de 2016

Domingo de Jesucristo, Rey del Universo



“Que yo sea para Cristo una humanidad, en la que Él pueda renovar todo su misterio”
(Isabel de la Trinidad)
Haciendo nuestras como intención, estas palabras de Sor Isabel de la lectura orante del Evangelio, que compartimos enseguida, ponemos en manos del Señor la gran Fiesta Diocesana en Sucumbíos, hoy domingo 20 de noviembre con cuatro motivos:
o   Fiesta de Cristo Rey
o   Clausura de Año de la Misericordia
o   Fiesta Diocesana del Compartir en comunión con Fiesta de la Iglesia Católica en Ecuador celebrando la campaña “Cinco panes y dos peces”,
o   Lanzamiento del Plan Pastoral Diocesano Quinquenal recién aprobado por la Asamblea Diocesana anual, culminando dos años de trabajo de elaboración colectiva, como instrumento de comunión y reconciliación.
 





Lectura orante del Evangelio: Lucas 23,35-43
“¡Oh mi Cristo amado! Quisiera amarte hasta morir de amor” (Isabel de la Trinidad).
‘Las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: ‘A otros ha salvado; que se salve a sí mismo’. Jesús y su evangelio están crucificados. Un Rey está en la cruz sin poder aparente, pero es Señor de la creación. Lo han dejado desnudo, pero de su pecho abierto mana una fuente de vida. Su manera de vivir está crucificada, pero nosotras/os acogemos la centralidad de Jesucristo en los pensamientos, las palabras y las obras, para que sean palabras, pensamientos y obras de Cristo. Las/os pobres del mundo, las mujeres maltratadas, las/os niñas/os sin juegos ni risas, las/os refugiadas/os... están crucificadas/os, pero Jesús les abraza desde la cruz y en torno a Él se construye el pueblo nuevo. “¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor!” (Isabel de la Trinidad).   
“Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ‘Este es el Rey de los judíos’. Tenemos delante algo inaudito y desconcertante. Jesús está callado, habla la cruz, símbolo del amor crucificado. La cruz no es un adorno, es un aguijón que provoca. El reino de Jesús no es de gloria y poder, sino de servicio, amor y entrega. Tremenda paradoja en la que nuestra fe está llamada a madurar. Besar la cruz sin cargar con ella, besar la cruz sin besar a las/os crucificadas/os, ¿no será prolongar la burla de los que se mofaban de Jesús? ¿Entenderemos la manera de Jesús de amar hasta el extremo? ¿Se acercará hoy nuestra sociedad, herida, indignada y en lucha, a la cruz de Jesús? “¡Oh mi Cristo amado!, ven a mí como Salvador” (Isabel de la Trinidad).
‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’. Impresionante icono para terminar el Año de la Misericordia. En medio de tantas burlas, se levanta una invocación distinta, un grito orante: ¡Jesús! La noche es rota por el grito de fe de un pobre. Un ladrón se atreve a mirar a Jesús. Cuando ya nada esperaba, se encuentra con Jesús y todo cambia. Hoy nos vendrá bien recordar nuestra historia y mirar a Jesús, y decirle: ‘Acuérdate de mí, Señor, tú que estás en el centro, tú que estás en tu Reino’. “¡Oh mi Cristo amado! Quiero vivir sin apartarme nunca de tu inmensa luz” (Isabel de la Trinidad).  
Jesús le respondió: ‘Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso’. Jesús crucificado promete salvación a uno que estaba perdido. Su último aliento de misericordia es para él. ¿Hay mejor signo de la salvación de Jesús? ¿Hay mejor propuesta para los que queremos ser sus amigas/os? ¿Hay promesa que nos dé más esperanza? La muerte de Jesús no es un fracaso, es el triunfo de la vida y de una manera de vivir amando hasta darlo todo. Ahora ni Jesús ni el buen ladrón están solos; los dos, como mendigos de amor, entran juntos a recibir el abrazo del Padre. A nosotras/os nos queda vivir de otra manera. La salvación se manifiesta en la imitación de las obras de misericordia mediante las cuales Jesús ha realizado el Reino. Quien las cumple demuestra que ha recibido la realeza de Jesús, porque ha hecho espacio en su corazón al amor de Dios. “Que yo sea para Cristo una humanidad, en la que Él pueda renovar todo su misterio” (Isabel de la Trinidad).
¡Feliz Domingo en la fiesta de Cristo Rey! Desde el CIPE – noviembre 2016
 

sábado, 12 de noviembre de 2016

Trigésimo tercer Domingo del Tiempo Ordinario



Lectura orante del Evangelio: Lucas 21,5-19

“Acércate a Jesús con fe y amor” (Santa Isabel de la Trinidad).
‘Tendrán ocasión de dar testimonio’ Cuando llegan tiempos difíciles, ¿en quién confiar? Cuando las seguridades sobre las que nos apoyábamos se tambalean, ¿qué hacer? Buscar en Jesús la luz y la fuerza que necesitamos, eso es lo que tenemos que hacer. Cuando suceden esas cosas, es la hora del testimonio, de ser testigos humildes de Jesús, de sacar la cara por Quien nos ha mirado tantas veces con amor. Los tiempos difíciles son ocasión de testimonio, y el testimonio se prepara en una oración intensa y confiada. La prueba es una oportunidad para ahondar en nuestra condición de hijos/as del Padre y sacar a la luz los ojos del Amado que llevamos dibujados en las entrañas, afrontando la crisis con la solidaridad de quien parte el pan. La verdad se abre paso. “Mira cada prueba como un testimonio de amor” (Isabel).  
‘Hagan propósito de no preparar su defensa: porque yo les daré palabras y sabiduría’. El ruido nos desconcierta, las amenazas nos dan miedo, la sensación de que ya nada es lo que era nos hace temblar. Cuando suceda esto no perdamos la calma, contamos con la ayuda de Jesús, Él camina con nosotras/os. Sus manos, seguras, nos sostienen. Su palabra de amigo nos acompaña siempre, también en el corazón de la noche, en medio de la prueba. Atentas/os a su voz, no tememos aunque tiemble la tierra, porque a la sabiduría de Jesús no le puede el mal. En la oración, como espacio de comunión y encuentro con Jesús, su palabra y sabiduría nos dan los reflejos necesarios para tomar opciones en medio de las situaciones difíciles. “Jesús, con una sola palabra, sabe calmar todas las angustias” (Isabel de la Trinidad).
‘Y todos les odiarán por causa de mi nombre’. Jesús llama al realismo; no cultiva el triunfalismo ni alimenta nostalgias de grandezas. Hay persecución por seguir a Jesús; vivir su evangelio suscita rechazo. No es hora de esconder nuestra identidad, paralizados por el miedo, sino de mostrar abiertamente nuestra verdad más profunda y bella: somos del Señor, único Señor de nuestras vidas; no queremos seguir a quien nos separa de Él. La oración nos ayuda a permanecer fieles en el amor de Jesús. “Cuando Sabel y Odette están en brazos de su querida mamá, no creo que les preocupe mayormente que haga sol o que llueva. Imitemos a estas queridas chiquitinas y vivamos en brazos de Dios con esa misma sencillez” (Isabel).
‘Con su perseverancia salvarán sus almas’. ¡Cuánto necesitamos la paciencia y tenacidad! “Nada te turbe… La paciencia todo lo alcanza… Quien a Dios tiene nada le falta”. Si en el momento presente, por difícil que sea, perseveramos en el amor de Jesús, nada nos podrá vencer. Si ponemos a Jesús en medio de todas las dificultades que se desatan a nuestro alrededor, nos mantendremos en pie y seguiremos trabajando por la humanidad nueva con la experiencia de la paz. Con Jesús en nuestro interior, los dolores nunca serán de muerte, serán de parto. “¡Qué bueno es ir a hacerse salvar por Él en esas horas en que solo se siente la propia miseria!” (Isabel de la Trinidad).
¡Feliz Domingo! Desde el CIPE – noviembre 2016

sábado, 5 de noviembre de 2016

Trigésimo segundo Domingo del Tiempo Ordinario


Lectura orante del Evangelio: Lucas 20,27-38

“Ayúdame a instalarme en Ti como si mi alma estuviera ya en la eternidad” (Santa Isabel de la Trinidad).
Se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección. Estemos como estemos, hoy nos acercamos a Jesús en busca de vida. Dar un paso, aunque sea pequeño, ya es importante. La cercanía a Jesús prepara el encuentro con Él. Frente a las trampas y mentiras, muchas veces secretas, Jesús regala verdad y plenitud a manos llenas. Transparente y apasionado por el Reino, toca nuestras negaciones de vida y abre senderos de esperanza en nuestro camino. Aunque la realidad la podemos ver con ojos de muerte, Jesús nos ofrece una visión resucitada, de esperanza, de cambio. “Que nada pueda hacerme salir de Ti” (Isabel de la Trinidad).
‘Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer?’ Jesús no permite que se ridiculice la fe en la resurrección. Más allá de elucubraciones que dejan vacío el corazón, ponemos ante Jesús esas preguntas hondas que lleva todo ser humano en las entrañas. Más allá de bromas de mal gusto, de risas irónicas que dejan el corazón reseco y a las/os pobres de la tierra sin esperanza, saboreamos con intensidad la Vida que nos ofrece Jesús. En comunión con Jesús, engendramos resurrección en nuestras redes de vida. Hay muchas situaciones que necesitan con urgencia la luz de la resurrección. Nuestra vida es plena solo en Dios, porque solo Él es el Viviente. “Que cada momento me sumerja más adentro en la profundidad de tu Misterio” (Isabel).  
‘Los que sean juzgados dignos de la vida y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán’. La vida futura la podemos esperar, pero no describir o explicar. Lo que Dios nos ha preparado, que no es un simple embellecimiento de la vida actual; supera nuestra imaginación, porque Dios nos asombra continuamente con su amor y con su misericordia. Jesús dialoga con nosotras/os y nos abre al misterio de la vida ofrecida por el Padre. Una nueva realidad, donde las/os últimas/os serán las/os primeras/os, nos espera. El amor, que ya en la tierra es señal de vida nueva, será en el cielo una fiesta sin final. No todo lo entendemos, pero un día veremos a Dios cara a cara. La fe en Jesús nos da la esperanza de aguardar expectantes su abrazo, su ternura, su mirada. “Que mi vida no sea más que una irradiación de tu Vida” (Isabel de la Trinidad).
‘No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos’. Dios es amigo de la vida, fuente inagotable de vida. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Jesús nos contagia una confianza total en el Padre. En el corazón de Dios hay mucho sitio, tiene una fiesta preparada; no se le pueden morir aquellas/os a quienes tanto ama. La muerte no puede destruir el amor a sus hijos e hijas. Dios abraza la vida, la toca, la besa, es amigo de la vida, nunca se cansa de darla a borbotones. A Dios le importamos, todo lo suyo es nuestro. En medio de la vida, comprometidos con ella, con todas las tensiones que encierra, es donde mostramos al Dios que ama la vida. “Sumérgete en mí para que yo me sumerja en Ti, hasta que vaya a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas” (Isabel de la Trinidad).
¡Feliz Domingo! Desde el CIPE – noviembre 2016