sábado, 18 de marzo de 2017

Domingo tercero de Cuaresma



Lectura orante del Evangelio: Juan 4,5-42
“Cada encuentro con Jesús nos llena de alegría y nos cambia la vida” (Papa Francisco).
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Entramos en esta escena encantadora. Jesús está sentado en el brocal de un pozo. Está esperándonos, con hambre de encuentro, con sed de amor. Metidos en mil cosas, quizás no lo vemos. Pero Jesús sabe esperar. Hoy puede ser el día del encuentro con Él. ¿Lo intentamos? Por Él no va a quedar. Jesús es manantial de amor en el pozo de nuestra interioridad. ¿Cómo cruzar el umbral que nos separa de Él y de nosotros mismos? Como a la mujer de Samaría, solo una sed honda, a menudo desconocida, nos alumbra; y un cansancio, que solo se cura con el amor, nos ayuda a descubrir la presencia del Amigo. Nos da confianza saber que Jesús siempre oye el deseo de los pobres. Espíritu Santo, llévanos adentro, donde nace la luz, donde crece el amor, donde nos espera Jesús.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: ‘Dame de beber’. Jesús no pierde tiempo. Rápidamente inicia el diálogo con nosotros. Sus palabras imprevisibles nos sorprenden. ¿Cómo es que nos pide de beber a nosotros, tan sedientos de agua y de todo? ¿De dónde sacaremos lo que nos solicita? Quizás sea ahora el momento escogido por el Espíritu para tener un encuentro con Jesús. Si probamos a escuchar la música escondida en su petición: ‘dame de beber’. A nosotros, marginados como la samaritana de las fuentes de la vida, nos ofrece palabra, dignidad, confianza; pero, antes, nos pide. Jesús, ¿qué nos pides hoy?
‘Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva’. Muchos se han alejado de Dios; lo ven como un extraño. Se han marchado sin haberlo conocido. Quizás también a nosotros nos ha pasado o nos pasa. Sea como sea, el diálogo con Jesús en nuestra interioridad puede llevarnos a ser sus amigos y recibir el agua viva que sacia nuestra sed. ‘Si conociéramos el don de Dios’. Jesús puede descubrirnos hoy que Dios es un misterio de bondad, una fuente de la que cada uno bebe según tenga el vaso, una presencia amistosa y acogedora en quien podemos confiar siempre. Es hora de dejar a un lado nuestro pequeño cántaro para que Jesús nos llene el corazón. Con la mujer de Samaría aprendemos a ser discípulos de Jesús, mientras dialogamos con Él acerca de las preguntas más hondas que llevamos en los adentros. ¿Quién eres tú, Jesús, que tienes un agua viva?
La mujer le dice: ‘Señor, dame esa agua; así no tendré más sed’. Después de haber alimentado la vida con espejismos de oasis inexistentes y de haber buscado agua en cisternas agrietadas, Jesús nos ofrece la oportunidad de vivir una fe de manera confiada en el fondo de nuestro ser. La vida es más hermosa cuando en ella está Jesús. Con Él en medio, ya nada es lo mismo, porque en viniendo la vida ya no queda ni rastro de la muerte. Con Jesús comienza otra danza, todo se recrea. Y de la alegría por haber bebido el agua de su manantial, vamos a testimoniar la alegría del encuentro con Él. El cansancio del alma deja paso a la alegría misionera: Que todos conozcan a Jesús, que todos tengan vida y la celebren, que haya agua para todos los pueblos de la tierra. Nuestro mundo es capaz de generar recursos para que haya agua para todos, pero no sabe compartir. Nuestro pozo, con abundante agua de Jesús, es ahora una fiesta de solidaridad inagotable, donde se comparten el agua y la vida. Si te escuchamos, Jesús, tú no te callas. Si nos abrimos a ti, Jesús, tú no nos cierras la puerta. Si confiamos en ti, Jesús, tú nos acoges. Si nos entregamos a ti, Jesús, tú nos sostienes. Si nos hundimos en el camino, tú, Jesús, nos levantas y nos das a beber de tu agua viva.  
Desde el CIPE os deseamos un feliz tiempo de gracia - marzo de 2017

domingo, 12 de marzo de 2017

Domingo segundo de Cuaresma



Lectura orante del Evangelio: Mateo 17,1-9
“Que también nosotros podamos ser transfigurados por el Amor” (Papa Francisco).
Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Del desierto, donde experimentamos la tentación vencida con la Palabra, subimos al monte, donde acontece el encuentro luminoso con Jesús. En ambos casos, es el Espíritu, que sabe lo que nos hace falta, quien nos empuja a buscar. Necesitamos ambas experiencias, la del desierto y la del monte, para que nuestra fe en Jesús se fortalezca. Solo un encuentro personal y amoroso con Él nos llevará a tocar la vida de cada día con compromiso y esperanza. Jesús, ante nosotras/os, se nos muestra como luz y llena nuestras noches de claridades. El cansancio por los problemas cotidianos, el dolor ante un mundo tan herido, el no entender la cruz, la desesperanza ante el futuro… todo se ilumina con su presencia. ¡Qué alegría estar con Jesús en el silencio contemplativo del monte! ¡Cuánto necesitamos respirar el aire limpio de su Espíritu! ¡Qué grande es su belleza! Vamos contigo, Señor, al monte y al collado donde mana el agua pura.
Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Es tan hermoso mirar a Jesús, luz de toda luz filtrándose por nuestros poros, que nos dan ganas de plantar la tienda y quedarnos ahí. Ante Jesús, Hermosura que excede a todas las hermosuras, llegamos a barruntar cómo es ese Dios que un día veremos cara a cara. ¿Cómo hemos podido vivir tan ciegas/os, sin reservar cada día un tiempo y un espacio, un corazón, para Dios? ¡Qué bello es el encuentro con Él! ¡Cuánto necesitamos esta experiencia de alegría, tan gratuita e inesperada! Estar ante ti, Jesús. Sin prisa. Con los ojos fijos en ti. Dejándonos enamorar, para entregar la vida, contigo, cuando bajemos al llano.
Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenle. ¡Qué bellas estas palabras del Padre, que invitan a dejar sitio a Jesús! Nuestras búsquedas, orientadas hacia Jesús, para descansar en Él: ‘Este es’. Nuestra sed de amor, colmada en el encuentro con el Amado. ¡Todas/os hermanas/os, con sitio en el corazón del Predilecto! Con el oído abierto para escucharle hasta el fondo y percibir en cada una de sus palabras el amor que nos tiene y la paz inconfundible que deja. Escucharle para poder seguir sus pasos hacia la Pascua, llevando la cruz de cada día, con una misión: estar cerca de quienes sufren. Gracias, Padre. En tu Hijo nos lo has dicho y dado todo.
Jesús se acercó (a los discípulos) y tocándoles, les dijo: “Levántense, no teman”. Tanto como subir, importa bajar. Para ello, Jesús nos levanta y nos ayuda a superar los miedos. ‘Levántense, no teman. Abandónense con toda sencillez en el misterio de Dios. No se inquieten’. Con libertad y alegría se ha de andar el camino. La mirada contemplativa a Jesús nos contagia humildad, tan necesaria para abajarnos y ponernos en verdad, para bajar y enraizarnos en la tierra, para bajar e introducirnos en la pasión del mundo y entregar vida a las/os hermanas/os que sufren y están angustiadas/os. Como Jesús, siempre como Él, con Él y en Él. Gracias, Jesús. Tú siempre vienes con nosotras/os. Nos amas. Ahí está todo. .
Les deseamos un feliz tiempo de gracia. CIPE - marzo de 2017

domingo, 5 de marzo de 2017

Domingo primero de Cuaresma



Lectura orante del Evangelio: Mateo 4,1-11
“Con el demonio no se dialoga, no se puede dialogar, porque nos va a ganar siempre”” (Papa Francisco).     
El tentador se le acercó y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. El tentador es un seductor; sus propuestas son muy sutiles y halagadoras; se acerca tanto a nosotras/os, que se mete dentro. No nos es fácil detectar por dónde nos está quitando la vida. Sin darnos cuenta, la tentación crece, contagia, se justifica. Todo nuestro ser se siente afectado, halagado, provocado. Pero cuando el pan es pan-dinero, es pan-poder, que domina a las/os pobres sin compartir con ellas/os lo que les pertenece, no es pan de Dios ni pan nuestro, es un engaño. ¡Oh Señor, mira que somos frágiles! Revístenos de tu fortaleza.    
Jesús le contestó: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Jesús no quiere convertir las piedras en pan, sino convertir a las mujeres y los hombres, para que compartan el pan; Quiere un pan, que no sea poder sino comunión. La autorefencialidad es una tentación, porque no solo de bienestar vive el ser humano. Cuando estamos en tentación, solamente la Palabra de Dios nos salva. La Palabra nos fortalece en las pruebas; cuando todo parece sombrío, renueva nuestro espíritu, nos hace conocer el amor y la amistad, desarrolla nuestra solidaridad con quienes sufren, nos hace escuchar nuestra conciencia con responsabilidad. Mueve, Señor, nuestra vida al ritmo de la Palabra. 
“Si eres Hijo de Dios, tírate abajo”. Nada es claro ni fácil en la vida. Seguimos estando en la misma situación de prueba que Jesús. Quizás hemos optado por los caminos atractivos del Diablo. Con la fuerza y lucidez del Espíritu escogemos hoy caminos de libertad y no de esclavitud, de servicio y no de dominio, de vida y no de muerte. No caminamos solas/os; caminamos con Aquel que es nuestro Camino. Jesús, haznos amar como tú.
Jesús le dijo: “No tentarás al Señor, tu Dios”. A veces pensamos que hubiera sido más fácil entablar relaciones con Dios a nivel de prodigio y seguridad. Todo sería más fácil. Pero Dios nos ha llamado en amor y respeto radical, sin forzarnos de ninguna manera, sin obligarnos a aceptar el mesianismo de Jesús, sin milagros exteriores, sin imposiciones, sin demostraciones. Así caminó Jesús, desplegando un mesianismo de amor, sin comprar a las/os pobres con pan, sin tomar el poder para imponer desde arriba su proyecto, sin dominar sobre las conciencias. ¿Optaremos por este camino? Gracias, Jesus, por enseñarnos este camino de verdad. . 
“Todo esto te daré si te postras y me adoras”. El diablo ofrece dictadura perfecta, que dé origen a un espléndido rebaño, pero en el que habrá muerto el ser humano. Jesús no quiere autómatas ni esclavas/os, sino amigas/os e hijas/os. Jesús solo quiere reinar para curar, dar vida y plenitud a todas/os. Gracias, Jesús. Tú eres gratuidad amorosa. Nunca engañas.  
Le dijo Jesús: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”. ‘El cristiano está llamado a volver a Dios de todo corazón’ (Papa Francisco). La cuaresma es una oportunidad para convertirnos y dejarnos evangelizar las zonas más profundas del corazón. En el desierto, que no es ausencia de personas sino presencia de Dios, aprenderemos a crecer en la amistad con el Señor. La adoración a ti, Señor, nos da la fuerza para ayudar a quienes tienen débiles las rodillas, nos da ojos para regalárselos a quien nunca ha mirado con belleza, nos da manos para unirlas a quien las esconde para no dar, nos da corazón para ponerlo a latir junto al corazón calculador, nos da brazos para abrazar a quien no se atreve a manifestar su amor, nos da cuerpo de danza para alentar lo que está sin vida. ¡Bendito y alabado seas, Señor!
Desde el CIPE les deseamos un feliz tiempo de gracia - marzo de 2017