sábado, 19 de marzo de 2016

Domingo de Ramos 2016



Lectura orante del Evangelio: Lucas 22,14-23,56
“Solo es Jesús se cifra mi esperanza… Es mi único amor” (Beata Isabel de la Trinidad).
‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes’. ¡Qué palabras tan verdaderas, dichas en medio de un silencio sobrecogedor! Las recorremos despacio, las acogemos en el corazón: ¡Nos amó y entregó su cuerpo por nosotras/os! ¡Me amó y se entregó por mí! Así nos muestra las señales del amor. Jesús convierte la cruz y el abandono en entrega de amor. ¡Cuánto le importamos! Así de transparente se muestra el Evangelio en su cuerpo entregado. Así revela el rostro de Dios, crucificado, entregado a nosotras/os. Todo en Jesús tiene sabor a entrega y amor. Imaginemos cómo sería nuestra vida si la entregásemos así. Jesús, ayúdanos a amar como Tú.   
‘El primero entre ustedes pórtese como el menor’. ¡Qué revolución la de Jesús! ¡Qué loco y sorprendente suena su Evangelio! Termina invitándonos a vivir como Él vivió: con el delantal puesto para servir, portándonos como menores con las/os demás. El amor le ha hecho menor, pequeño, abajado. ¿Qué hace Dios en una cruz? Lo mataron por eso: por mostrar a un Dios pequeño entre las/os pequeñas/os, pobre entre las/os pobres, hermano entre las/os hermanas/os. Pero este perfume nadie ha logrado borrarlo, quitarlo de la tierra. ¿Quién se atreve a vivir como Él? Jesús, tu minoridad abaja nuestros aires de grandeza. Tu cruz sostiene nuestra fe.
‘Oren para no caer en la tentación’. Jesús siempre está pensando en nosotras/os; ni siquiera la cruz le desvía la mirada, al revés, su cruz es la más hermosa mirada de amor. Le importa más ser fiel al proyecto del Padre de amarnos hasta el extremo que salvar la vida. En medio de la prueba, en el silencio crucificado, ora al Padre y nos invita a tener un diálogo amoroso con el Padre. Estemos como estemos, oramos ahora, abrimos el corazón al Padre. Para no caer en la tentación de abandonar el camino del amor. No nos dejes caer en la tentación.   
‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’. Jesús crucificado es escándalo y necedad. ¿Cómo es posible creer en un Crucificado? Pero Jesús crucificado es fuente del perdón más maravilloso. ¿Cómo no creer en Él, que perdona e invita a perdonar por amor?  La misericordia, que predicó por los caminos, la vive hasta el final. Así nos revela al Dios que sufre con nosotras/os. Así denuncia todos los odios que secan la vida. No sigamos adelante sin perdonar. El perdón es la seña de identidad de las/os amigas/os de Jesús. Creemos en ti, Jesús crucificado, con el perdón siempre en los labios.
‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’. Jesús se atrevió a creer en un Dios distinto, compasivo y misericordioso. Ahora, en la cruz, casi sin aire para respirar, se abandona confiadamente en las manos del Padre que solo sabe amar. Al besar a Jesús crucificado nos abandonamos confiadamente en el amor del Padre. Al besar hoy la cruz de Jesús besamos a los crucificados. Al besar la cruz de Jesús abrimos auroras solidarias en las noches del mundo. Nuestra señal es tu cruz, Jesús. En ella te miramos, en ella se reaviva nuestra compasión hacia los que sufren.  
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sábado, 12 de marzo de 2016

Domingo quinto de Cuaresma


Lectura orante del Evangelio: Jn 8, 1-11
“El abismo de tu miseria atrae el abismo de su misericordia” (Beata Isabel de la Trinidad).
Le traen una mujer sorprendida en adulterio. Estamos ante una pieza maestra de la vida, una joya de la misericordia. Para los letrados y fariseos lo importante es que el sistema funcione, aunque éste sea radicalmente injusto. Se creen superiores y mejores que nadie; lo suyo es condenar, controlar. Los débiles siempre son culpables. Jesús es otra cosa; sale a buscar lo perdido, a levantar lo caído. Como amigos de Jesús no anhelamos una santidad postiza ni una superioridad nefasta, que hacen más que daño que provecho. La oración verdadera no busca culpables sino cómo rehacer la vida poniendo ternura y misericordia en las heridas. Como Jesús. Sánanos, Señor.  
‘La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?’ Una mirada fría, con odio, agresiva, pretendidamente amparada en la ley, quiere la muerte. Jesús tiene otra mirada. Su vida es un canto a la misericordia; su pretensión: curar los males. Jesús se acerca a las/os pecadoras/es, come con ellas/os, goza perdonando. La gracia no rechaza, no apedrea. La santidad no margina ni condena. La luz entra en la oscuridad y la vence. El agua penetra en la tierra agrietada y la fecunda. ¿Cuándo aprenderemos, Jesús, a no usar la violencia? Concédenos, Señor, tu mirada de perdón.
‘El que esté sin pecado que tire la primera piedra’. Jesús no trivializa el pecado, basta mirar la cruz para entenderlo. Pero todo pecado pide misericordia. Tras un silencio tenso, Jesús abre camino a situaciones sin salida; salvar al/la pecador/a es su pretensión. ¿Por qué nos consideramos justas/os cuando todas/os necesitamos el perdón? ¿Quiénes somos para juzgar a las/os demás? ¡Qué mal sabemos tratar el pecado de las/os otras/os! La oración nos ayuda a entender estas verdades y a retornar a los caminos de Jesús. ¿Dónde se nos ha perdido la novedad de tu Evangelio? Ayúdanos a encontrarla.
Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio de pie. Después de todo el ruido condenatorio, solo quedan dos seres humanos que se miran: la mujer rota y Jesús, misericordia que levanta. Entre Jesús y la mujer se ha abierto un espacio de dignidad. Cuando Jesús está en medio, todo huele a perdón. Ha venido a salvar. Una mirada de amor se abre camino, el desierto se hace transitable, se hace posible lo imposible. Orar es acoger la mirada de Jesús, entrar en su corazón abierto, donde lo viejo deja paso a lo nuevo. Míranos, Señor, que también nosotras/os necesitamos tu mirada.    
‘Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?’ Ella contestó: ‘Ninguno, Señor’. Jesús dijo: ‘Tampoco yo te condeno’. ¡Con qué facilidad perdona Jesús! ¡Con qué alegría ve la belleza escondida y la saca a la luz! Perdonando, crea futuro. Lo de atrás queda borrado. Solo el encuentro con Jesús queda, imborrable, en el corazón. ‘Tampoco yo te condeno’, mensaje corto en palabras, pero que llega al hondón del alma. Es hora de correr hacia la vida. El perdón es la alegría que hay que anunciar: ‘Tampoco yo te condeno’. Gracias, Jesús. Tu perdón es una fiesta.     
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sábado, 5 de marzo de 2016

Domingo cuarto de cuaresma



Lectura orante del Evangelio: Lucas 15,11-32
“El Padre es todo Amor” (Beata Isabel de la Trinidad).
La parábola es como la vida misma. Una/o puede entrar o quedarse fuera. La parábola nos abre las puertas para que entremos dentro de ella. La parábola habla de nosotras/os. El final de la parábola queda abierto, porque lo tiene que terminar cada quien. La parábola hace preguntas profundas, descubre lo que hay en el corazón, nos coloca ante la ternura del Padre.
Ven, Espíritu Santo. Enséñanos el maravilloso camino de la fraternidad, ayúdanos a vivir en comunidades acogedoras, con más ternura que recelo hacia quienes buscan al Padre entre interrogantes y son buscadas/os por Él con una pasión de amor infinita.
‘Me pondré en camino, adonde está mi padre’. Un hijo se alejó del cariño del Padre. Le pidió la herencia y se olvidó de él. Pensó que fuera viviría mejor, pero el engaño le llevó a perder la dignidad y la identidad. Esto es el pecado. Pero al Padre no se le terminó el amor; la ausencia del hijo se lo acrecentó. Un día, fruto de esas secretas decisiones del corazón, el hijo se puso en camino hacia el pan porque tenía hambre. Así se teje esta maravillosa historia de amor y libertad, perla preciosa de las parábolas, dicha por Jesús a los que murmuraban que fuera amigo de los pecadores y se sentara a comer con ellos. Nos ponemos en camino hacia Ti.  
Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió, y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. El hijo, de camino, ya no recordaba el cariño del Padre, ya no le conocía. Pero el Padre salía cada mañana para mirar el horizonte, porque tenía el corazón trastornado por la ausencia de su hijo; no podía dejar de considerarlo como suyo. Y un día, el mejor de los días, lo vio de lejos, el corazón le dio un vuelco, se conmovió y corrió hacia él, porque el amor siempre ve más allá y corre más. El Padre supo esperar sin manipular la libertad del hijo, pero, al encontrarlo, lo levantó de la nada colmándolo de besos. Padre, ¿qué podemos decirte? Solo gracias. Tanto nos esperas. Gracias. Gracias.    
‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’. El hijo, al entrar en el pecado, donde una/o no es nada ni merece nada porque lo ha perdido todo, entró en la misericordia entrañable del Padre, donde todo vuelve a ser posible. No nos purificamos mirando y remirando nuestros pecados, sino poniendo nuestros ojos en el que nos hace buenas/os. Padre, abrazados por tu misericordia, el pecado huye, tu gracia nos recrea. Gracias.   
‘Celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado’. El Padre se lleva una alegría increíble y quiere gritar su alegría a todo el mundo; todo lo prepara como para una fiesta de bodas. No piensa más que en celebrar, en tirar la casa por la ventana. La misericordia se hace don, derroche. Y todo, porque su hijo ha vuelto a la vida. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. El que gastó su vida, se encuentra con las frescas mañanas del Padre entre las manos. Bendito y alabado seas, Padre.    
‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo… Deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido’. El hermano mayor no quiere entrar. La fiesta por ése que ha vuelto le desconcierta. El que siempre ha estado dentro de la casa, se queda fuera. No sabe amar. Quien se cree bueno, clasifica y excluye. Cuando el Padre sale a persuadirlo, solo sabe exigir y denigrar al hermano. Está lejos del corazón del Padre, que acoge a todas/os, ama a todas/os, invita a todas/os. Gracias, Señor Jesús, por mostrarnos al Padre.  
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