domingo, 26 de marzo de 2017

Domingo cuarto de Cuaresma



Lectura orante del Evangelio: Juan 9,1-41
“El Señor nos espera siempre para darnos su luz y para perdonarnos” (Papa Francisco).
Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Un ciego no ve, pero está, en la calle, a la vista de todos; grita, extiende la mano. Pasamos junto a él, como ante tantas personas que sufren exclusión, discriminación y miseria. Consideramos tan normal este paisaje que terminamos acostumbrando nuestro corazón a la indiferencia, “globalización de la indiferencia” (Papa Francisco). Hay luz en la fachada, pero tiniebla en el corazón. Jesús ve al ciego, se acerca a él con compasión y ternura, inicia un diálogo liberador. No acepta la opinión generalizada de que está así por su culpa. La presencia del ciego, las/os refugiadas/os retenidos por alambradas, las víctimas de la injusticia… dejan al descubierto nuestra ceguera. Nosotras/os, si no les vemos, somos más ciegos que ellas/os: ‘Tienen ojos y no ven’. Comenzar la oración con esta humildad de saber que compartimos cegueras es andar en verdad, es fruto del Espíritu. Jesús, ilumina nuestras oscuridades. Sé Tú nuestra luz, enciende nuestra noche.
‘Yo soy la luz del mundo’. Jesús es alguien único, es una novedad inaudita, una presencia de bondad en medio de nuestro mundo. No solo da la vista al ciego del camino, sino que este encuentro le da ocasión de desvelar su identidad: ‘soy la luz del mundo’. Jesús es luz encendida, puesta en medio para iluminar. No hay otra noticia más fascinante que ésta. Jesús es luz, su amor es más grande que todos nuestros pecados. Nuestra muerte es vencida por su presencia sanadora. Con Él nos viene una plenitud insospechada. Como curó al ciego con el barro y el agua, con el signo y la palabra, nos puede curar ahora a nosotras/os para que seamos hijas/os del Padre, que es luz de luz, y realicemos las obras del día. Si dejamos que realice en nosotras/os una nueva creación. Estamos ante ti, Jesús, como noche que espera la aurora. Tu mirar es amar: ésta es la verdad que sostiene nuestra fe. Eres nuestra luz y salvación.  
‘¿Crees tú en el Hijo del hombre?’ Un ciego en el camino, gritando, no era problema. Un ciego que ahora ve, gracias a Jesús, es una amenaza para la vieja mentalidad, incrédula. Un convertido a Jesús es un peligro, una persona liberada por Jesús resulta incómoda. ¡Cuánta resistencia a la hora de acoger la novedad! Unas/os tienen miedo, otras/os son incapaces de alegrarse con el triunfo de la vida, otras/os expulsan o marginan a quien camina en la verdad. ¿Y nosotras/os? ¡Cuánta ceguera disimulada en ojos que, solo aparentemente, ven! ¿De qué sirve acaparar y presumir de fe, si no dejamos paso a la novedad de Jesús que libera? ¿Será verdad que no queremos ver? Sea como sea, Jesús no nos deja solas/os, nos hace la pregunta de la fe a cada uno/a: ‘¿crees tú?’ Y espera pacientemente que dejemos entrar su luz en nuestro corazón. ¿Qué haremos? Un ciego, que no conocía la luz, porque nunca la había visto, nos anima con su confianza, tan sencilla, a recorrer sin miedo el proceso de la fe. Frente a todos los miedos, frente a todos los prejuicios. Espíritu  Santo, guíanos hacia la fe, llévanos a Jesús.   
‘Creo, Señor’. Jesús espera nuestra respuesta creyente. Quienes están sufriendo en las orillas de los caminos, también, porque la fe en Jesús es siempre ternura y compasión hacia quienes están marginadas/os por los motivos que sean. El joven, radiante de alegría, confiesa abiertamente su fe. El que antes era ciego nos ofrece su testimonio y nos regala palabras nuevas para decir nuestra fe: ‘Creo, Señor’. A esta fascinante aventura nos empuja el Espíritu. Jesús nos ha abierto los ojos, nos ponemos ante Él, lo adoramos. Por haber gozado un instante de su luz, podemos unir nuestras fuerzas para solidarizarnos con quienes sufren dramas infinitos, en Siria por ejemplo. Madre de los creyentes, danos tu fe.  
Desde el CIPE les deseamos un feliz tiempo de gracia - marzo de 2017

sábado, 18 de marzo de 2017

Domingo tercero de Cuaresma



Lectura orante del Evangelio: Juan 4,5-42
“Cada encuentro con Jesús nos llena de alegría y nos cambia la vida” (Papa Francisco).
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Entramos en esta escena encantadora. Jesús está sentado en el brocal de un pozo. Está esperándonos, con hambre de encuentro, con sed de amor. Metidos en mil cosas, quizás no lo vemos. Pero Jesús sabe esperar. Hoy puede ser el día del encuentro con Él. ¿Lo intentamos? Por Él no va a quedar. Jesús es manantial de amor en el pozo de nuestra interioridad. ¿Cómo cruzar el umbral que nos separa de Él y de nosotros mismos? Como a la mujer de Samaría, solo una sed honda, a menudo desconocida, nos alumbra; y un cansancio, que solo se cura con el amor, nos ayuda a descubrir la presencia del Amigo. Nos da confianza saber que Jesús siempre oye el deseo de los pobres. Espíritu Santo, llévanos adentro, donde nace la luz, donde crece el amor, donde nos espera Jesús.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: ‘Dame de beber’. Jesús no pierde tiempo. Rápidamente inicia el diálogo con nosotros. Sus palabras imprevisibles nos sorprenden. ¿Cómo es que nos pide de beber a nosotros, tan sedientos de agua y de todo? ¿De dónde sacaremos lo que nos solicita? Quizás sea ahora el momento escogido por el Espíritu para tener un encuentro con Jesús. Si probamos a escuchar la música escondida en su petición: ‘dame de beber’. A nosotros, marginados como la samaritana de las fuentes de la vida, nos ofrece palabra, dignidad, confianza; pero, antes, nos pide. Jesús, ¿qué nos pides hoy?
‘Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva’. Muchos se han alejado de Dios; lo ven como un extraño. Se han marchado sin haberlo conocido. Quizás también a nosotros nos ha pasado o nos pasa. Sea como sea, el diálogo con Jesús en nuestra interioridad puede llevarnos a ser sus amigos y recibir el agua viva que sacia nuestra sed. ‘Si conociéramos el don de Dios’. Jesús puede descubrirnos hoy que Dios es un misterio de bondad, una fuente de la que cada uno bebe según tenga el vaso, una presencia amistosa y acogedora en quien podemos confiar siempre. Es hora de dejar a un lado nuestro pequeño cántaro para que Jesús nos llene el corazón. Con la mujer de Samaría aprendemos a ser discípulos de Jesús, mientras dialogamos con Él acerca de las preguntas más hondas que llevamos en los adentros. ¿Quién eres tú, Jesús, que tienes un agua viva?
La mujer le dice: ‘Señor, dame esa agua; así no tendré más sed’. Después de haber alimentado la vida con espejismos de oasis inexistentes y de haber buscado agua en cisternas agrietadas, Jesús nos ofrece la oportunidad de vivir una fe de manera confiada en el fondo de nuestro ser. La vida es más hermosa cuando en ella está Jesús. Con Él en medio, ya nada es lo mismo, porque en viniendo la vida ya no queda ni rastro de la muerte. Con Jesús comienza otra danza, todo se recrea. Y de la alegría por haber bebido el agua de su manantial, vamos a testimoniar la alegría del encuentro con Él. El cansancio del alma deja paso a la alegría misionera: Que todos conozcan a Jesús, que todos tengan vida y la celebren, que haya agua para todos los pueblos de la tierra. Nuestro mundo es capaz de generar recursos para que haya agua para todos, pero no sabe compartir. Nuestro pozo, con abundante agua de Jesús, es ahora una fiesta de solidaridad inagotable, donde se comparten el agua y la vida. Si te escuchamos, Jesús, tú no te callas. Si nos abrimos a ti, Jesús, tú no nos cierras la puerta. Si confiamos en ti, Jesús, tú nos acoges. Si nos entregamos a ti, Jesús, tú nos sostienes. Si nos hundimos en el camino, tú, Jesús, nos levantas y nos das a beber de tu agua viva.  
Desde el CIPE os deseamos un feliz tiempo de gracia - marzo de 2017

domingo, 12 de marzo de 2017

Domingo segundo de Cuaresma



Lectura orante del Evangelio: Mateo 17,1-9
“Que también nosotros podamos ser transfigurados por el Amor” (Papa Francisco).
Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Del desierto, donde experimentamos la tentación vencida con la Palabra, subimos al monte, donde acontece el encuentro luminoso con Jesús. En ambos casos, es el Espíritu, que sabe lo que nos hace falta, quien nos empuja a buscar. Necesitamos ambas experiencias, la del desierto y la del monte, para que nuestra fe en Jesús se fortalezca. Solo un encuentro personal y amoroso con Él nos llevará a tocar la vida de cada día con compromiso y esperanza. Jesús, ante nosotras/os, se nos muestra como luz y llena nuestras noches de claridades. El cansancio por los problemas cotidianos, el dolor ante un mundo tan herido, el no entender la cruz, la desesperanza ante el futuro… todo se ilumina con su presencia. ¡Qué alegría estar con Jesús en el silencio contemplativo del monte! ¡Cuánto necesitamos respirar el aire limpio de su Espíritu! ¡Qué grande es su belleza! Vamos contigo, Señor, al monte y al collado donde mana el agua pura.
Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Es tan hermoso mirar a Jesús, luz de toda luz filtrándose por nuestros poros, que nos dan ganas de plantar la tienda y quedarnos ahí. Ante Jesús, Hermosura que excede a todas las hermosuras, llegamos a barruntar cómo es ese Dios que un día veremos cara a cara. ¿Cómo hemos podido vivir tan ciegas/os, sin reservar cada día un tiempo y un espacio, un corazón, para Dios? ¡Qué bello es el encuentro con Él! ¡Cuánto necesitamos esta experiencia de alegría, tan gratuita e inesperada! Estar ante ti, Jesús. Sin prisa. Con los ojos fijos en ti. Dejándonos enamorar, para entregar la vida, contigo, cuando bajemos al llano.
Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenle. ¡Qué bellas estas palabras del Padre, que invitan a dejar sitio a Jesús! Nuestras búsquedas, orientadas hacia Jesús, para descansar en Él: ‘Este es’. Nuestra sed de amor, colmada en el encuentro con el Amado. ¡Todas/os hermanas/os, con sitio en el corazón del Predilecto! Con el oído abierto para escucharle hasta el fondo y percibir en cada una de sus palabras el amor que nos tiene y la paz inconfundible que deja. Escucharle para poder seguir sus pasos hacia la Pascua, llevando la cruz de cada día, con una misión: estar cerca de quienes sufren. Gracias, Padre. En tu Hijo nos lo has dicho y dado todo.
Jesús se acercó (a los discípulos) y tocándoles, les dijo: “Levántense, no teman”. Tanto como subir, importa bajar. Para ello, Jesús nos levanta y nos ayuda a superar los miedos. ‘Levántense, no teman. Abandónense con toda sencillez en el misterio de Dios. No se inquieten’. Con libertad y alegría se ha de andar el camino. La mirada contemplativa a Jesús nos contagia humildad, tan necesaria para abajarnos y ponernos en verdad, para bajar y enraizarnos en la tierra, para bajar e introducirnos en la pasión del mundo y entregar vida a las/os hermanas/os que sufren y están angustiadas/os. Como Jesús, siempre como Él, con Él y en Él. Gracias, Jesús. Tú siempre vienes con nosotras/os. Nos amas. Ahí está todo. .
Les deseamos un feliz tiempo de gracia. CIPE - marzo de 2017