sábado, 2 de diciembre de 2017

Domingo primero de Adviento




Lectura orante del Evangelio: Marcos 13,33-37
“Todo lo que tiene fin, aunque dure, se acaba…Abrid por amor de Dios los ojos” (Santa Teresa de Jesús, Fundaciones 10,9.11).
Vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Jesús, que siempre cuida de nosotras/os y nos acompaña, nos dice que tengamos cuidado, que miremos con atención amorosa, que estemos prevenidas/os. La invitación de Jesús a velar está preñada de alegría, henchida de esperanza. No nos llama a la angustia ni al miedo, nos invita a esperar. No es hora de dormir: Dios nos espera. Tiene tiempo y promesas para nosotras/os. Su amor es más fuerte que nuestros agobios y preocupaciones, su presencia se muestra fiel en nuestras ausencias y olvidos. Esta es la experiencia esperanzada que canta Teresa de Jesús: “Sea bendito por siempre, que tanto me esperó” (V pról 2). Saber que Dios nos espera, nos alienta a una espera vigilante. Saber que Dios viene a nosotras/os, reaviva nuestro deseo de ir a su encuentro. El Espíritu nos enseña a vivir en esperanza de Dios dando sentido a nuestro momento con la promesa de Dios. Alma mía, espera en el Señor. Queremos esperarte, Señor., Marana tha: Ven, Señor, Jesús.   
Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea. ¿Cómo orar en la ausencia del Señor que se va de viaje? ¿Cómo seguir amándole en la noche? ¿Cómo seguir cuidando la casa del Señor que nos ha confiado? ¿Cómo asumir la autoridad que él nos regala para trabajar con los dones que nos ha dado para bien de todas/os? Porque esperar es también trabajar, no instalarse en la pasividad, compartir como pobres con las/os pobres. Velar es cuidar la casa y nada la cuida mejor que la oración interior y la fraternidad. En la casa del Señor nadie se apropia de los bienes, porque todo es del Señor y lo del Señor es para todas/os. La casa común es el espacio de la espera. “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido, salí tras ti clamando, y eras ido” (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual),
Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa. A Jesús le preocupa que la comunidad de sus seguidoras/es se duerma. En medio de la vida hay una oferta de amor inédita; la sorpresa del Señor no debe pasar desapercibida. Siempre hay que mantener la tensión espiritual de la espera, también en medio de las vigilias de la noche, cuando se hacen más oscuros los significados y valores de la vida. En la hora menos pensada, en los acontecimientos más pequeños e insignificantes, hay que velar. Al velar se vive con mayor intensidad la espera. ¿Nos está llamando Jesús a no dormir nunca? El amor no duerme. “Yo dormía, pero mi corazón velaba” (Cantares 5,2). La vigilancia no tiene que ver con el encogimiento, sino con la libertad para amar. “Tan alta vida espero” (Santa Teresa de Jesús).
Lo digo a todos: ¡Velad! La indicación de Jesús no es para unas/os pocas/os, es para todas/os. Velar es cultivar el amor y el temor. ”Procurad caminar con amor y temor… El amor nos hará apresurar los pasos; el temor nos hará ir mirando adónde ponemos los pies para no caer por camino adonde hay tanto que tropezar” (Santa Teresa de Jesús). C 40,1). ¿Cómo esperamos la llegada del Señor? ¿Vivimos conscientes de que nuestra meta es el encuentro con Cristo? Tomamos conciencia de que somos amadas/os, atraídas/os por Jesús. Su amor nos provoca para que lo busquemos como él nos busca. Nos quedamos en el abandono confiado del ‘solo Dios basta’. Acogemos la invitación de san Juan de la Cruz como propuesta para el Adviento: “Estarse amando al Amado”. “Pensar la gloria que esperamos, muévenos a gozo” (Santa Teresa de Jesús).  
                                               Maranatha, Ven, Señor, Jesús  CIPE – diciembre 2017

viernes, 10 de noviembre de 2017

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario




Lectura orante del Evangelio: Mateo 25,1-13
Queridos hermanos y hermanas, que contemplar el juicio final jamás nos dé temor, sino que más bien nos impulse a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerle en los pobres y en los pequeños; para que nos empleemos en el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos reconozca como siervos buenos y fieles” (Papa Francisco).
El reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Ser cristianos significa tener la alegría de pertenecer totalmente a Cristo, ‘único esposo de la Iglesia’, y salir a su encuentro igual que se va a una fiesta de bodas. La alegría y la conciencia de la centralidad de Cristo son las dos actitudes que las/os cristianas/os debemos cultivar en la cotidianidad. La oración es la historia de una espera apasionante. Y el Señor es el argumento mejor para nuestra espera. “Viviré en esperanza de Dios”: esta es nuestra música, la de los que aman. Que así sea, Espíritu Santo.  
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. ¿No es una contradicción decirnos cristianas/os y no sentir la fascinación de vivir como Jesús? Cuando nos dormimos se apodera de nosotras/os una vida triste. Nuestros ojos, cansados de mirar hacia una aurora que tarda en llegar, se vuelven a mirar hacia otra parte. Llega la noche, se esconde la frescura de los inicios, se enfría el amor primero. ¿Qué hacer entonces? Revivir la experiencia de la esposa de los Cantares: “Yo duermo, pero mi corazón vela” (Cant 5,2). Que así sea, Espíritu Santo.  
A medianoche se oyó una voz: ‘¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!’ La Virgen María y las/os santas/os nos enseñan a vivir a la espera de un encuentro, con el silencioso deseo de una comunión. Viene el Señor, la hermosura que excede a todas las hermosuras. El encuentro con Jesús siempre es un encuentro bello. Si antes, nuestra oración era salir para buscarte, Señor, ahora es salir para un encuentro pleno contigo. Que así sea, Espíritu Santo. 
Las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas. Entramos con Jesús en el banquete de bodas cuando llevamos en el corazón el aceite del amor. Jesús conoce a quienes le han conocido en las/os pobres: ‘Lo que hicisteis a uno de estos mis pequeños hermanos…’ La espera se ha hecho encuentro, la noche se ha llenado de claridad. Es hora, Señor, de dejarnos amar por ti, de amarte con todo el corazón. Que así sea, Espíritu Santo.   
Velad, porque no sabéis el día ni la hora. El tiempo que Dios nos da es un tiempo de vigilancia, para tener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza, del amor. La entrada en el reino no se da por sí sola; se gana con la sabiduría, se pierde con la necedad descuidada. La oración de vigilia hace que el amor al Señor nos crezca por dentro. ¿Cómo será un/a cristiano/a que vela? Será aquel que ‘lleva las arras del Espíritu en el corazón’ (2Cor 1,22). Será aquel/aquella que señala la presencia de Jesús con un obrar diligente y solidario. Permaneceremos unidos a ti, Jesús, por el amor, para que tú nos introduzcas en la sala del banquete, donde nuestra lámpara de alegría nunca se extinguirá. Que así sea, Espíritu Santo. Amén.
CIPE – noviembre 2017

domingo, 5 de noviembre de 2017

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario




Lectura orante del Evangelio: Mateo 23,1-12
¡Jesús es nuestro verdadero y único Maestro!” (Benedicto XVI).  
En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y fariseos. Jesús desenmascara la mentira, planta cara a los defensores del orden que llevan una vida desordenada, denuncia a los reformadores incapaces de reformar su propia vida, le duele que se condene con dureza desde las cátedras el pecado de los pequeños y débiles y se pase de largo ante las injusticias de los poderosos. ¡Cómo le gusta la verdad a Jesús! Solo en la verdad es posible orar. Si en vez de aplicar estas palabras a las/os demás nos las aplicamos a nosotras/os, podremos orar de verdad, porque la oración siempre florece en el terreno de la verdad. La palabra de Jesús ilumina, discierne, crea. La incoherencia entre lo que decimos y hacemos, la dureza y rigidez hacia las/os otros, la búsqueda de gloria que nos pone en el pedestal, el quedar bien ante las/os demás… pueden dejar a Dios y a las/os hermanos sin espacio en el corazón. Espíritu Santo, enséñanos a orar en verdad.
Uno solo es su maestro y todos ustedes son hermanos. La forma más bonita de llamarnos, la que más le gusta a Jesús, es la de hermanas/os. En la comunidad de Jesús todas/os tenemos sitio, tarea, palabra, dignidad. No tiene sentido evangélico ensalzar a unas/os con supuestas dignidades dejando en la sombra a las/os pequeñas/os. El Espíritu de Jesús es el maestro interior que nos enseña el arte de pensar, sentir, vivir como hermanas/os. La oración florece con hermanos y hermanas al lado, caminando tras las huellas de Jesús, con un estilo de vida convincente, ayudándose unas/os a otras/os a vivir la experiencia de Dios, a crear una atmósfera más sencilla y fraterna, a compartir los gozos y dolores de la humanidad, a cuidar de la tierra como casa de todas/os. ¡Cuánto necesita nuestra Iglesia de hermanos y hermanas que irradien la belleza del Evangelio de Jesús! Espíritu Santo, enséñanos a vivir como hermanas/os.
Uno solo es su padre, el del cielo. Para Jesús el título de ‘Padre’ es tan único que no ha de ser utilizado por nadie en la comunidad. Jesús, en sus obras y palabras, fue desvelando el rostro del Abbá (Padre), el que crea y recrea la vida, el que reviste nuestros días de novedad y de alegría, el que regala libertad y no se desdice de habérnosla dado, el que quiere a todas/os por igual, el que nos espera para darnos su abrazo. En esa experiencia de amor único, que el Padre nos tiene, entramos cuando oramos y decimos, como hijos e hijas: ‘Padre nuestro’. Espíritu Santo, enséñanos a decir, desde el corazón de la comunidad: Abbá, Padre nuestro.
Uno solo es su Señor, Cristo. Solo Jesús sabe ser Señor porque solo él saber ser pequeño: ofrece alivio a las/os cansadas/os y agobiadas/os, su yugo es llevadero y su carga ligera, va delante llevando el peso de todas/os. ‘No se dejen poner títulos, no llamen a nadie así’, nos dice Jesús con emoción y cariño, sabedor del orgullo que se puede apoderar de nosotras/os. ¡Iglesia: Todos hermanas/os, con Jesús sentado en medio, con las/os pequeñas/os cerca, acariciadas/os todas/os por la ternura de María, con los dones puestos encima de la mesa para compartir! Espíritu Santo, enséñanos a orar estrenando cada día el señorío de Jesús.     
CIPE – noviembre 2017