sábado, 6 de junio de 2015

Domingo del Corpus



“Siempre había yo oído loar la caridad de esta ciudad (Burgos), mas no pensé llegaba a tanto. Unos favorecían a unos, otros a otros” (Fundaciones 31,13). 

‘¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?’ ¿Dónde ir para alimentar la vida? ¿Dónde encontrar las fuentes de la alegría? ¿Dónde preparemos el encuentro con Jesús? Porque andamos necesitando algo más, algo que solo Jesús nos puede dar. El corazón, en el silencio, lo desea; los pobres lo esperan. Teresa lo pide para nosotros. “Que no os veáis en este mundo sin Él… que no os falte y que os dé aparejo para recibirle dignamente” (C 34,3).  

‘¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?’ ¿Dónde celebrará Jesús su amor? En el corazón orante, grande como el mundo, habitado por millones de hombres privados de pan, de justicia y de futuro. En aquellos que cultivan un estilo de vida sencillo, que son trasparentes para reflejar a Dios en medio de las gentes, que están dispuestos a compartir. En la tierra, cuando es tierra común; en el pan, cuando es nuestro y de todos; en la desnudez, cuando es vestida. En las orillas donde se oyen gemidos de hambre y sed, en los márgenes donde se grita justicia, fuera de la tierra adonde han sido echados los ninguneados del mundo. “Sólo quiere comunicar sus grandezas y dar sus tesoros, a los que ve que le desean mucho, porque éstos son sus verdaderos amigos” (C 34, 13).  

Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Gestos sencillos, palabras de verdad, que salen de Jesús y hacen vivir. La vida, bendecida, se parte y se reparte. Un derroche de amor que rompe en mil pedazos los egoísmos más grandes y abre caminos de solidaridad. Escuela de oración, en la que Jesús enseña a orar y a amar. Sé de una persona que, aunque no era muy perfecta, durante muchos años, procuraba avivar la fe para desocuparse todo lo que podía de todas las cosas exteriores cuando comulgaba y entraba con el Señor, pues creía verdaderamente que entraba Él en su pobre posada” (C 34, 7).
 
‘Tomad, esto es mi cuerpo’. Mano tendida para amar sin medida. La palabra más genuina de Jesús: amar, darse, entregarse. Espejo donde se mira la Iglesia, cuyo nombre más genuino es Cáritas. Silencio asombrado para recibir y dar tanto amor escondido en el pan. Música callada para vibrar al son de la gracia. ¡Caridad! “Compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros” (V 22,6).  

Tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Solo quien sabe que todo es gracia, puede repartir la gracia a manos llenas. No hay cosa más bella que mirar a Jesús dándose a todos por entero. No hay icono más precioso de Jesús que la Iglesia entregándose por entero en una eucaristía permanente. Orar es unir el silencio de la adoración con el anuncio del Evangelio, es aunar el amor a Jesús con la caridad hacia los más desfavorecidos. “Nos mostró el extremo de amor que nos tiene… No se le pone cosa delante… No sabe hablar por sí sino por nosotros” (C 33,1.4).     

‘Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Jesús da sentido a su vida y a su muerte. Nadie le quita la vida, la da. De esta fuente bebe nuestra vida. En esta alianza se recrea la esperanza de los pobres. Ya no es momento de hablar; ahora toca callar, callar y obrar. Los pobres esperan la verdad de nuestra oración. Que se haga en nosotros la eucaristía de Jesús. Amén. “Fortaleced Vos mi alma y disponedla primero, Bien de todos los bienes y Jesús mío, y ordenad luego cómo haga algo por Vos, que no hay ya quien sufra recibir tanto y no pagar nada… Aquí está mi vida” (V 21,5).  

                                                                       ¡Feliz día del CORPUS! - CIPE – junio 2015