sábado, 13 de junio de 2015

Es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas



Domingo undécimo del tiempo ordinario
Lectura orante del Evangelio en clave teresiana: Marcos 4,26-34
“Parece quiere nuestro Señor conozca yo y todos que solo es Su Majestad el que hace estas obras… Bendita sea su misericordia, amén” (Fundaciones 29,24).
El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. ¡Qué maravilla! ¡Qué bien dicen estas parábolas lo que es la oración! Semilla y tierra abrazándose en la hondura, propio conocimiento y grandeza de Dios mirándose de cerca, Dios y hombre caminando juntos, y el Reino abriéndose paso en la historia. Aunque las noticias del mal que asola la humanidad cada vez meten más ruido y dan ganas de inhibirse, la tierra está sembrada de semillas de Evangelio. Jesús las ha sembrado. Un misterio de amor lo penetra todo. Está el Espíritu; hay esperanza. Podemos sembrar pequeñas semillas de nueva humanidad; nada se pierde; todo es gracia. ”El Reino es un alegrarse de que se alegren todos” (C 30,5).
La semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. ¡Jesús, viviéndonos por dentro! Eso es orar. Un amor, que acorta las distancias. Jesús, ser que no se acaba, y nosotros, seres tan finitos, juntos. Sin saber cómo, la presencia de Jesús va creciéndonos por dentro. Con la humildad de saber que no son nuestras fuerzas, sino la fuerza de Jesús la que va embelleciendo nuestra nada. Él es el protagonista silencioso de nuestra oración. A nosotros nos toca esperar con paciencia, confianza, serenidad. ”Venga lo que viniere, dejarse en las manos de Dios” (V 20,4).
La tierra va produciendo la cosecha ella sola. Lo mejor se teje adentro. No sospechábamos que la tierra tuviera dentro tanta belleza sembrada. Es el Señor quien lo ha hecho. El silencio, habitado por una sementera fecunda, rompe a cantar. La tierra reseca se llena de flores; la esperanza, reprimida por la angustia, se levanta y camina. Todo lleva el sello de Dios. Es hora de mostrar lo que estaba escondido en el corazón. ”Sin tener que amar amáis. Engrandecéis nuestra nada” (Poesía 6).  
¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? Con un grano de mostaza. Dios, hecho a nuestra medida. El Reino de Dios, hablando nuestro lenguaje. ¡Qué fuerza tiene Dios en lo pequeño! ¡Qué belleza tienen las cosas pequeñas, los pequeños gestos, lo que parece casi nada! La oración es algo pequeño, escondido, pero tiene la fecundidad de un grano de mostaza. La oración nos lleva a valorar a los que casi no cuentan. Cuando buscamos para ellos caminos nuevos con la confianza de Jesús, entonces brota el reino. ”Determiné hacer eso poquito que era en mí” (C 1,2).
Es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas. Jesús se hace pequeño y se alegra de estar con los pequeños. Con ellos le brota la ternura, es amigo de dar. Con Jesús comienza cada día la fiesta de los detalles. No hace falta ser grandes para ser significativos. No hay altura más grande que la de ser hermanos. No hay canción más bonita que la que brota del compartir cada uno lo poquito que lleva en su mochila. Es hora de valorar las pequeñas cosas de cada día; es hora de sembrar pequeñas semillas. ”Amor saca amor” (Vida 22,14).  
                                                                                                          CIPE – junio 2015