sábado, 9 de enero de 2016

Domingo del Bautismo del Señor



Lectura orante del Evangelio: Lucas 3,15-16.21-22
“¡Qué dulce es ser totalmente de Dios!” (Beata Isabel de la Trinidad).  
El pueblo estaba en expectación. La búsqueda y la expectación son sentimientos que acompañan al ser humano; si hacemos silencio los encontramos en el corazón. La oración es una forma de esperar, de esperar a Jesús, de estar a la espera de una presencia con el silencioso deseo de una comunión. Cuando nos acercamos a Jesús y le seguimos, siempre ocurren cosas nuevas. La oración, aunque sea de quietud y silenciosa, no nos deja quedarnos con los brazos cruzados. En el encuentro con Jesús se prepara un futuro nuevo. Incluso las crisis son oportunidades para abrir la vida a una nueva identidad. Cuando tú, Jesús, eres el Señor de nuestra vida todo cambia.  
Viene el que puede más que yo y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él les bautizará con Espíritu Santo y fuego. En la oración aprendemos a convivir con quien es más que nosotras/os; eso es humildad. Cuando la enfermedad nos visita y las noches se vuelven más oscuras, recordamos que vivimos con el que es más fuerte que nosotras/os. Cuando con valor y desprendimiento cultivamos el silencio y la entrega total a una voluntad mayor que una/o misma/o, todo queda acogido y reconciliado en una profunda aceptación de lo que ocurre. Lo que transforma nuestra vida en algo nuevo no es el agua, o sea, nuestra voluntad de querer cambiar las cosas, sino el Espiritu en el que Jesús nos bautiza y sumerge. El pecado como fracaso de la vocación humana es quemado por el fuego del Espíritu. Orar es mirar, enamorados, la humanidad de Jesús, en quien se nos da todo. El bautismo es un canto a una humanidad nueva, vivida al estilo de Jesús. Te damos gracias, Padre, por Jesús, tu Hijo amado. En Él aprendemos a conocerte y amarte.
Mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él. Jesús sale del agua y ora. El Espíritu viene cuando oramos. Al quedar Jesús bautizado, inundado, marcado por el Espíritu, se manifiesta en Él la humanidad nueva. Cuando oramos experimentamos la gran suerte de tener la humanidad de Jesús delante, al lado, dentro de nosotras/os. Ese es nuestro bautismo: ver cómo vive Jesús y sentir la alegría de vivir como Él. ¡Jesús! Con él nuestra ley es el amor, nuestra pasión el perdón, nuestra ambición la paz, nuestro terreno la verdad y la justicia. Baja Espíritu Santo sobre el mundo. Abre los ojos de la humanidad para que todos podamos conocer a Jesús.  
Y vino una voz del cielo: ‘Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’. En esta voz está el sí fiel del amor de Dios al mundo. La oración, como dimensión esencial de nuestro bautismo, nos permite oír esta voz en Jesús, en quien está Dios de forma humana y resplandece de forma incomparable. Jesús comparte con nosotras/os esta voz y nos enseña a escuchar también nosotras/os el amor y la predilección que el Padre nos tiene. Todo acontecimiento de Jesús es una invitación a la fe. ¡Qué aprendizaje tan fascinante para nosotras/os! Jesús, tú eres nuestro amado, el predilecto de nuestro corazón. No queremos alejarnos de la órbita de tu amor. . 
                                Con el recuerdo gozoso de nuestro bautismo - CIPE, enero 2016