sábado, 26 de enero de 2013

No perder el sentido

Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

De leer a leer va mucho.

Se puede leer la Palabra de Dios desde un púlpito, y se puede leer en el campo, en medio de las tareas cotidianas. Tan accesible y tan esquiva al mismo tiempo, Dios se da a través de ella: algo de sí mismo, algo de nosotros mismos y algo de lo que pasa.

Jesús de Nazaret se encuentra con ella en medio de su pueblo. Ahí experimenta a un Dios cercano que a través de la Palabra, le dice cuál es su misión en el mundo.

En ella no descubre doctrinas morales, tampoco recetas mágicas para seguir viviendo, ni siquiera argumentos que le dan la razón. Jesús lee a los profetas y siente un gran alivio que le confirma en lo que ya el Padre le ha revelado en lo secreto y en lo cotidiano: que su misión en este mundo es liberar a los oprimidos por el mal. Y que debe reunir cuantas fuerzas tenga para hacerlo realmente efectivo.

Pero no sólo se trata de una experiencia personal que tiene que guardarse en la intimidad. Todos están fijos en él en la sinagoga. Todos esperan que diga algo. Algo moralmente correcto, algo supuestamente sabido, algo escuchado tantas veces. Pero no, Jesús se atreve a decir: Hoy se ha cumplido esta Palabra, es decir, los tiempos mesiánicos están aquí. Nada se ha perdido, al contrario, todo se realiza hoy. Y se hace realidad en  mis propias manos.

Jesús rescata la memoria del profeta Isaías. El fundamentalismo religioso pretende acabar con ella y la sustituye por otra basada en cumplimientos y rituales, sacrificios y holocaustos que acallan la injusticia, verdades a medias que dejan las cosas como están.   La verdad y honestidad para poder decir “esta Palabra se cumple hoy” se corrobora en la mirada profunda que Jesús tiene sobre sí mismo y sobre lo que está pasando,  en la denuncia de los crímenes y atrocidades que se hacen en nombre de Dios y en su actuación decidida liberando a la gente del mal.

El fundamentalismo religioso que amenaza a la Iglesia de San Miguel de Sucumbíos, también pretende acabar con la memoria de Jesús que se ha ido encarnando a lo largo de los años como un germen de novedad y vida en las comunidades. El fundamentalismo no atiende a razones ni a diálogos, no tiene propuestas, simplemente ejerce violencia en nombre de lo sagrado. Tampoco hace análisis, ni profundiza. Pero es siempre estridente y hace ruido lanzando al aire medias verdades y grandes mentiras, confunde los ánimos, atemoriza y luego dice: aquí no ha pasado nada. Todo sigue igual. Jesús se atreve a decir cuando es alcanzado por la Palabra de Dios: aquí sí ha pasado algo, aquí se ha producido un milagro, aquí en este momento Dios sigue actuando en favor de los oprimidos.

La tenacidad que vence al fundamentalismo no está en la violencia sino en el seguir creyendo en Dios que a través de su Palabra que alienta a ser la memoria liberadora de Jesús.