viernes, 26 de agosto de 2016

En estos días -de Asamblea diocesana- Gonzalo resucitará.




Hermanos y hermanas queridos:                          

                    Porque la muerte –ésta es nuestra fe-  no tiene la última palabra. La Palabra –primera y última- es Amor. Y El Amor siempre se deja oír. “La Verdad padece pero no perece”, decía Teresa de Jesús. Y Gonzalo -como Jesús- dijo con su muerte y su vida “voluntariamente entregada a la muerte” su más profunda verdad. 

                            Nosotras, carmelitas descalzas que respondimos al llamado misionero de Gonzalo, nuestro hermano Obispo (al que aprendimos a amar como un Padre y un amigo), para integrarnos a la Iglesia de ISAMIS como Carmelo orante, iniciando una comunidad de oración en Puerto Libre al estilo de Teresa de Jesús, hemos vivido el amor y la pasión, oscura y purificadora, de esa Iglesia maravillosamente fiel al Concilio Vaticano II, al magisterio latinoamericano que brotó de su Espíritu y documentos (Medellín, Puebla, Santo Domingo y, últimamente, Aparecida). Viviendo a la distancia y en la fe, lo que hubiéramos ejercitado allí: el silencio amoroso y orante ante el Señor y sus “insondables caminos de justicia”, aún en medio de la iniquidad más profunda, y la comprensión, la acogida y el sostén amoroso a los hermanos que permanecieron fieles a Dios en el servicio sin condiciones a su Pueblo y en esta pasión de Amor y de dolor, que sinceramente admiramos y presentamos a Jesús.

                            Hemos creído –y afirmado en cuanta ocasión se dio- que solamente la identificación “hasta el fin” con Jesús, de Gonzalo y de ISAMIS (sus miembros, los que se profesan sus hijos, sus misioneros consagrados al Evangelio sin restricciones) puede explicar tanto sufrimiento como el que han sido destinados.

                            No idealizamos a ISAMIS. Admiramos profundamente la valentía y el amor tesonero y fiel, de quienes han construido una Iglesia maravillosa que hemos conocido muy bien, en circunstancias tan difíciles y adversas, permaneciendo a través de las décadas, abriendo caminos de Evangelio en la selva y en los corazones; comprometiendo a cada creyente en el servicio eclesial y fraterno, tesoneramente fieles a su llamado misionero.  El Papa Francisco expresó, apenas elegido, que prefería “una Iglesia quebrada a una Iglesia replegada en sí misma”. No hay –pensamos- debilidad o error que puedan aducirse a la desproporción abismal con lo que ISAMIS y sus misioneros han dado amorosamente de sí.  Solamente la ignorancia profunda de la realidad y los hechos, puede explicar semejante confusión.

                            La Iglesia de San Miguel de Sucumbíos inicia una nueva etapa –que acompañamos profundamente  y nos sentimos comprometidas en la oración con toda el alma- “dando al olvido lo que queda atrás y corriendo hacia la meta: su vocación en Cristo Jesús”. Para lo cual, estamos ciertas, sabe y conoce muy bien cuál es esa vocación y esa meta a la que fue llamada. Y sólo Jesús y su evangelio despiertan y explican su amor constante y su pasión encendida. Jesús y la pasión por su Reino. Esta fue –a nuestro modo de ver- la certeza de Gonzalo.

                            Quisiéramos ofrecer un testimonio (entre muuuchos) de esto que afirmamos. Cuando Mons. Gonzalo pasó despidiéndose de nosotras, en su camino de destierro hacia España (así se lo vimos vivir, con gran dignidad y muy sosegadamente…lo cual no se improvisa), compartió en la homilía de una misa celebrada en la intimidad con nosotras algo que no olvidaremos, y sólo la santidad es capaz de afirmar de la manera humilde y convencida con que lo hizo:
        
           “Sé muy bien por qué llevo estas cadenas. Por la posibilidad de que cada persona sea considerada protagonista en la Iglesia. Por la capacidad de los indígenas a autodeterminarse. Por la dignidad de las mujeres. Por el derecho a crecer de cada hombre y de cada familia. Por la alegría de vivir en comunidad de todos los miembros de la Iglesia. Por una Iglesia de todos y para todos que camine según el Evangelio con los dos pies, la fe y la dignidad del hombre. La humanidad que vino a anunciar Jesús.”
 
                            Hermanos y hermanas queridos, estamos con ustedes. No desfallezcan. Jesús está entre ustedes. Gonzalo con su santidad “hasta el fin” los guía hacia El.   Y el Padre Obispo Celmo , que Gonzalo tanto respetó –también “hasta el fin”- es heredero de su espíritu, porque Gonzalo, con su muerte, lo ganó para él.

                            Nuestra Señora, la Mamita del Cisne, los ilumine con su ternura.
             
               Un abrazo inmenso de
                                                        sus hermanas carmelitas de Caucete-Sucumbíos+.