lunes, 3 de junio de 2013

Memoria agradecida de Juan XXIII




El 3 de junio de 1963 muere Juan XXIII. Este hombre que dio a la Iglesia universal la esperanza de una vuelta al evangelio, viene a nuestro encuentro cincuenta años después para animarnos a enfrentar el momento actual desde el espíritu de las bienaventuranzas. Tomamos un fragmento de la Encíclica que abrió el Concilio Vaticano II y que resumía las inquietudes y anhelos del Papa para la Iglesia y el mundo en aquellos momentos:



3. La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones. Un orden nuevo se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas mas trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio. (…) 4. Todos estos motivos de dolorosa ansiedad que se proponen para suscitar la reflexión tienden a probar cuán necesaria es la vigilancia y a suscitar el sentido de la responsabilidad personal de cada uno. La visión de estos males impresiona sobremanera a algunos espíritus que sólo ven tinieblas a su alrededor, como si este mundo estuviera totalmente envuelto por ellas. Nos, sin embargo, preferimos poner toda nuestra  firme confianza en el divino Salvador de la humanidad, quien no ha abandonado a los hombres por Él redimidos. Mas aún, siguiendo la recomendación de Jesús cuando nos exhorta a distinguir claramente los signos de los tiempos (Mt 16,3), Nos creemos vislumbrar, en medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas de tiempos mejores para la Iglesia y la humanidad. Porque las sangrientas guerras que sin interrupción se han ido sucediendo en nuestro tiempo, las lamentables ruinas espirituales causadas en todo el mundo por muchas ideologías y las amargas experiencias que durante tanto tiempo han sufrido los hombres, todo ello está sirviendo de grave advertencia. El mismo progreso técnico, que ha dado al hombre la posibilidad de crear instrumentos terribles para preparar su propia destrucción, ha suscitado no pocos interrogantes angustiosos, lo cual hace que los hombres se sientan actualmente preocupados para reconocer más fácilmente sus propias limitaciones, para desear la paz, para comprender mejor la importancia de los valores del espíritu y para acelerar, finalmente, la trayectoria de la vida social, que la humanidad con paso incierto parece haber ya iniciado, y que mueve cada vez más a los individuos, a los diferentes grupos ciudadanos y a las mismas naciones a colaborar amistosamente y a completarse y perfeccionarse con las ayudas mutuas. Todo esto hace más fácil y más expedito el apostolado de la Iglesia, pues muchos que hasta ahora no advirtieron la excelencia de su misión, hoy, enseñados mas cumplidamente por la experiencia, se sienten dispuestos a aceptar con prontitud las advertencias de la Iglesia.

(Encíclica Humanae Salutis, inaugurando el Concilio Vaticano II)

 
           Como aquella Iglesia anterior al Concilio Vaticano II también atravesamos por una crisis humanitaria, ahora a nivel global. Los desafíos de hoy se han vuelto más urgentes y apremiantes para una Iglesia que en el siglo XXI aparece en muchos lugares viendo tinieblas a su alrededor.  La palabra profética de Juan XXIII sigue alentándonos a poner toda nuestra confianza en Jesús que no nos abandona y nos exhorta a distinguir los signos de los tiempos y a vislumbrar entre tantas tinieblas indicios de esperanza en la colaboración mutua para la transformación y la paz mundial.