jueves, 11 de abril de 2013

Segundo domingo de Pascua



Jn 21,1-19

Durante su vida, Jesús tantas veces había respirado el aire del lago de Galilea. Ahí había encontrado a algunos compañeros de camino y se habían hecho posibles los signos del Reino. Resucitado vuelve a llevar a la comunidad de discípulos al lugar de la pesca, el lugar donde es posible ampliar horizontes, donde ya no se es simplemente pescador, sino pescador de humanidad, donde se siente la pequeñez ante la inmensa tarea del evangelio, donde se arriesga la vida en medio de la noche. Pero, ¿cómo atrae el Resucitado a esos discípulos y discípulas miedosos y temerosos? Los atrae a través de la decisión de Pedro de ir a pescar. Pero la pesca no será fecunda. No se han dado cuenta de que necesitan escuchar la Palabra de Jesús para poder descubrir su presencia resucitada en medio de ellos y no sólo hacer lo que siempre hacen: pescar.  Es hora de que frenen un poco y se hagan preguntas sobre su modo habitual de actuar y de vivir. Porque la noche y su oscuridad amenaza con llevarse su esperanza.

¿Se encontrarán entonces con Jesús que desde la orilla les invita a hacer fiesta y compartir el banquete del Reino? Si la comunidad quiere reconocer al Resucitado, es posible que tenga que cambiar algunos modos habituales de evangelizar, no simplemente por cambiar, sino como consecuencia de un llamado espiritual que el mismo Jesús hace a las comunidades a través de las pescas infructuosas de todos los días: tantas frustraciones, tantas oscuridades y falsedad en las relaciones puede hacernos caer en la tentación de que no hay nada que hacer. Y sin embargo: lo primero es escuchar de Jesús: ¿Me aman? Si es así, apacienten mis ovejas. No puede ser de otra manera. Esto nos vuelve a mover de nuestros sitios cómodos desde los que nos quejamos. 

No podemos evitar la Palabra de Dios que nos quiere alcanzar. Las comunidades amarán a Jesús en la medida que sepan CUIDAR y CULTIVAR la vida que hay en ellas, es decir, hacer la labor de apacentar. Pero APACENTAR no puede confundirse con quitar importancia a los problemas que verdaderamente la tienen, ni con acallar las inquietudes que surgen. Apacentar tiene más que ver con la preocupación por los pequeños y frágiles de la comunidad, apacentar tiene que ver con entablar relaciones amistosas y fraternas entre los miembros de las comunidades y más allá de ellas, crear diálogo siempre difícil con las instituciones políticas y religiosas, seguir creyendo que hay futuro para las comunidades, apoyar a las personas en sus búsquedas, estudiar lo que acontece como una posibilidad más que como tragedia, aprender a esperar el tiempo oportuno... Ese apacentar es lo que Jesús hizo y lo que sigue haciendo a través de su Espíritu. Cada día tenemos la oportunidad de vivir desde su óptica y sus gestos. Ahora sí, toca decidir. Podemos decir con Pedro: “vayamos a pescar” y Jesús apoyará nuestras decisiones mientras enciende nuestro corazón y da luz a nuestro entendimiento al partir el pan.