sábado, 4 de mayo de 2013

JESÚS, NUESTRA MORADA Jn 14,23-29



Somos la mente de Cristo, somos la vida de Cristo, somos Cristo… Jesús hace su casa en nuestras vidas. Ésta era la convicción en los orígenes cristianos. Desde su experiencia sabemos que si queremos encontrar a Dios, tenemos que mirar a Jesús, que es su reflejo,  escuchar su Palabra y ser su memoria en el mundo. Sin embargo, no es una tarea fácil porque tanto entonces como ahora mirar y escuchar dependen de quién y cómo se  mira y se escucha.

Han pasado siglos de historia cristiana y muchas veces pareciera que no queda rastro de ese Jesús, a pesar de la cantidad de manifestaciones artísticas y los templos e iglesias esparcidos por todo el mundo. Pero el testimonio de tantos cristianos y cristianas que “lavaron sus mantos en la sangre del Cordero” y el Espíritu de Dios siguen haciendo valer su Palabra:

El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama, no guardará mis palabras. El Espíritu Santo será quien les enseñe todo y les vaya recordando todo lo que yo les he dicho. Que no tiemble su corazón ni se acobarde. La paz les dejo. No se la doy como la da el mundo.

Haremos morada en él… ¿En qué consistirá ese “haremos morada”? ¿Servirá esta promesa para los tiempos de crisis humanitaria y ecológica mundial? ¿Dirá algo a las múltiples situaciones  cotidianas de mal  con las que nos enfrentamos?  

A lo largo del tiempo muchas personas han quedado sorprendidas y asombradas ante estas palabras de Jesús y han sido orientación y consuelo para sus vidas. Para Agustín de Hipona fue una revelación el tomar conciencia de que sus búsquedas terminaban y comenzaban en Dios y que éste no se encontraba en las alturas, sino que hacía su casa en lo profundo de la propia vida.   

Si escuchamos la Palabra con atención, para que Dios Padre-Madre y Jesús decidan hacer su morada en la comunidad es necesario guardarla. El evangelista Juan insiste en la necesidad de guardar la Palabra como signo y señal de seguimiento de Jesús.  Y parece que precisamente aquí es donde están los problemas. Tantas veces nos parecemos a esa semilla que cae en terreno pedregoso y no fructifica… Tantas veces la Palabra es entendida bajo el prisma de los propios intereses, y viene envuelta en cinismo y amargura… Tantas veces nuestra mirada sobre la Palabra es estrecha, superficial, moralista, dogmática e inadecuada… que así es muy difícil que Dios y Jesús hagan de nuestras comunidades, personas, instituciones y relaciones “su morada”. ¿Cómo estamos guardando la Palabra? ¿Cómo la interpretamos y la digerimos? Porque de eso dependerá también su efectividad.

Por esto, necesitamos otras lentes para mirar mejor. Mirar a la gente que sabe guardar la Palabra: la mujer anciana que lleva años asistiendo a la comunidad, deseando encontrar en el compartir común fortaleza para su vida y esperanza… el joven que no acaba de aclararse sobre lo que quiere pero que continúa colaborando en la catequesis, la mujer que lleva afrontando el maltrato de unos hijos desagradecidos con su firmeza y fidelidad, la familia que se enfrenta continuamente a la pobreza y a la exclusión social. En ellos y ellas Jesús y el Padre Dios ya han hecho su morada, no porque cumplan con unos mandamientos, ni recen unas oraciones, sino porque afrontan la dureza de la vida buscando a Dios y Dios les concede su paz. Miremos a Jesús que es morada de los sufridos, desesperadas, maltratados, empobrecidas, hambrientos y sedientas, enfermos y ancianas para aprender de ellos y ellas el camino que nos llevará a toda la humanidad  a ser morada de Dios y que Dios sea la casa del mundo. Jesús nos dijo que prepararía el sitio. ¿Será que en todo lo que acontece está trabajando su Espíritu para que no se malogre su promesa? 

Que no tiemble su corazón ni se acobarde. Mi paz no es como la que da el mundo. La paz nos da Jesús procede de la superación del miedo. Las comunidades cristianas de los orígenes tuvieron que fundamentar su fe y su esperanza en medio de múltiples persecuciones. Llegan a descubrir que no es posible la paz si se dejan acobardar y no superan los miedos que les paralizan.  

En Sucumbíos estamos viviendo situaciones donde a veces es difícil encontrar paz. A menudo estamos abatidos por un clima de persecución sorda, calumnias y amenazas sobre nuestra Iglesia, problemas cotidianos, situaciones de inseguridad, crisis económica…  Escuchar de Jesús: “que no se acobarde su corazón” nos llena de esperanza y nos fortalece. Nos hace también reflexionar y descubrir que la paz no es una consecución humana ni es resultado de un esfuerzo voluntarioso, ni fruto siquiera de habilidades sociales. La paz de Jesús llega en la medida que superamos aquello que nos paraliza y no nos deja crecer. Crecer y no dejarnos paralizar es nuestra tarea.

Y se superan los miedos cada vez que nos atrevemos a seguir posibilitando espacios de encuentro entre personas y comunidades, cada vez que alentamos nuestra vocación misionera, cada vez que cuidamos la formación conjunta, cada vez que decidimos no enmascarar la verdad, cada vez que ofrecemos nuestra palabra comprometida aun a riesgo de tener críticas, cada vez que buscamos el Reino de Dios y su justicia sin añadiduras.  Esa paz es la que queremos, pedimos y deseamos. Danos Jesús, tu paz, aquella que procede de la fuente de la verdad, la misericordia, la fidelidad y la justicia.