miércoles, 26 de septiembre de 2012

ROMPER FRONTERAS, AMPLIAR LA VISIÓN

Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Una de las cuestiones que más nos afectan y nos afean en el mundo actual es el tema de las fronteras. Fronteras físicas que se justifican en todos los Estados y de múltiples formas. La gente nos “hemos acostumbrado” a  esas situaciones donde atravesar fronteras sin determinados papeles o requisitos “ilegaliza” y “criminaliza”. Tu carta de presentación es un documento, también lo es en muchos casos el aspecto físico. Determinadas características personales son sospechosas en aeropuertos o controles policiales.

¿Qué tiene que ver esto con Jesús de Nazaret? Este ser humano indagó profundamente en la condición humana y en la realidad. Y le presentan el caso de alguien que hace lo que él hace pero no está con Él. Cualquier persona se pone en guardia, le entra la curiosidad o establece un debate. Sin embargo, Jesús rompe las fronteras mentales producto de la inseguridad y los temores. Su libertad le lleva a alegrarse por quienes como Él hacen lo que Él hace. Dedicarse a echar demonios es una tarea tan necesaria, tan inusual y al mismo tiempo tan urgente, que es necesario acoger el bien de donde venga y de quien venga.  La respuesta es sabia e introduce un modo de actuar en la comunidad de discípulos-as  basado en la libertad y la falta de temores, en la acogida incondicional de lo bueno sin mirar si eso bueno de otros va a significar o no un prosélito más, un seguidor más, es decir, sin mirar si se aumentan o se disminuyen el número de los creyentes, que otorgaría nuevas seguridades.

Ese modo de pensar, sentir y actuar de Jesús es un permanente reto en la Iglesia. Las fronteras ya sean culturales, mentales, ideológicas o de fe, debieran ser las mínimas para que el bien discurra sin dificultad en el mundo. El bien no debe contenerse ni posponerse. El bien debe ser una fuerza incontenible y creativa y hacer que ese bien brote en todos los lugares es la tarea fundamental de quienes nos llamamos seguidores-as de Jesús.

Si miramos la realidad, y si no tenemos miedo a reconocer la evidencia, nos queda mucho por recorrer. Si miramos el mundo como lo quiere Dios, la preocupación por combatir el mal  a fuerza de bien ocuparía nuestro pensamiento y nuestras acciones. Las energías perdidas en pensamientos y preocupaciones por el futuro se canalizarían en una energía total para el bien. Entonces, las fronteras que parecen evidentes y a las que nos hemos acostumbrado, sean políticas, económicas, culturales o religiosas, empezarían primero a ser cuestionadas y después derrocadas por inservibles. Por ahora, detectemos como Jesús a quienes en su nombre luchan contra lo malo y hagamos con ellos y ellas comunión y fiesta.