martes, 11 de diciembre de 2012

CARTA PASTORAL DEL COMITÉ PERMANENTE DE LA CECH (5/7)


IV. EVANGELIZAR LA CULTURA: APORTE CRISTIANO PARA HUMANIZAR Y COMPARTIR EL DESARROLLO

(…)

LO ESENCIAL DE ESTA CARTA QUE COMPARTIMOS CON USTEDES

Puesta nuestra mirada en Jesús y en la cultura que organiza aspectos importantes de nuestras vidas, deseamos señalar algunos puntos que constituyen lo esencial de esta Carta Pastoral que estamos compartiendo con ustedes. Queremos invitar a Jesús a nuestra casa, a nuestra patria, para que entre en ella realmente la salvación.

 

1. Jesús nos ayuda a entender la dignidad de la Persona Humana

Uno de los grandes valores que orienta nuestra vida personal y social es la centralidad y dignidad de la persona humana.

Aunque la defensa de los derechos humanos ha hecho grandes progresos en nuestro tiempo, la cultura centrada en lo económico tiende a devaluar a la persona. Esta se convierte en "capital humano", en "recurso", en parte de un engranaje productivo educado para producir, competir y tener. Si bien se habla de la dignidad del ser humano, la cultura actual desatiende el fundamento mismo de tal dignidad y es incapaz de señalar aquello que en su raíz nos diferencia de otras especies y que nos hace sagrados.

Ciertamente la dignidad no se funda sólo en el ejercicio de la razón, porque hay momentos de la vida -como la infancia tierna o la vejez extrema- en que el ejercicio de la razón se ve limitado. Un accidente o una enfermedad pueden privarnos del uso de ese don. Lo mismo se diga de la libertad. Si bien podemos estar impedidos de ejercer nuestra razón y nuestra libertad, no perdemos por eso nuestra dignidad.

La vida humana puede tener semejanzas biológicas con otros seres vivientes, pero tiene una dignidad que la pone en un lugar privilegiado en el conjunto de la creación.

Es un hecho que la aparición del cristianismo significó un progreso innegable en el modo de entender y tratar la vida humana. Para un cristiano, heredero del judaísmo, el origen de la dignidad del hombre y de la mujer radica en que ellos son imagen del Dios creador, son sus hijos predilectos, nacidos del amor y para amar. Eso nos ofrece motivos suficientes para tratar al ser humano con sumo respeto desde su origen hasta la muerte. Esta dignidad se ve realzada al constatar que Dios se hizo hombre en Jesús nuestro hermano.

En una cultura donde se nos valora por las competencias y el dinero, el cristianismo nos enseña, aunque no siempre hayamos sido fieles a lo que profesamos, a defender la dignidad humana sin condiciones.

Eso nos obliga a integrar al marginado, a cuidar del enfermo y a darle valor al desvalido porque son plenamente seres humanos.

Por eso se nos invita a tener una proximidad real con el pobre, y proponer un humanismo que no lo margine, no lo explote, que respete su dignidad y sus derechos. Precisamente porque el pobre no basa su existencia ni en la riqueza, ni en sus saberes, ni en sus títulos académicos ni en su abolengo, en él se manifiesta más puramente la dignidad del ser humano como ser humano.

La visión de la dignidad humana nos invita también a volvernos respetuosamente hacia nuestros hermanos de los pueblos originarios de nuestra patria. Ellos son nuestros hermanos y hermanas que tienen derecho a expresar, desde su perspectiva, el mensaje de amor, respeto, igualdad y paz que ofrece el Evangelio. Hagamos nuestras sus demandas justas que exigen reparar siglos de marginación e injusticia. Seamos cuidadosos para corregir nuestras propias faltas del pasado, de modo que jamás el cristianismo pueda aparecer como una fe que se les impone por la fuerza sin respetar sus culturas. El Evangelio debe enriquecerse con sus mejores tradiciones y procurar encarnarse en ellas como lo haría

Jesucristo.

 
2. Jesús nos ayuda a darle sentido profundo a la vida

Uno de los puntos más delicados de la cultura moderna es que nos ha llenado de medios y nos ha quitado los fines. Nos ofrece objetivos a corto plazo privándonos de horizontes que orienten el conjunto de la existencia. Sabemos, sin embargo que quien no tiene fines pierde la orientación y carece de criterios para jerarquizar y elegir los medios. Con eso se daña de raíz el ejercicio de nuestra libertad.

Quien no tiene fines se llena de medios y puede terminar atrapado como un esclavo de ellos con una corta mirada. Toda cultura que quiera generar seres libres, sujetos de la historia, debe proporcionar, en su centro, un fin por el cual valga la pena jugar la existencia, ordenarla y darle pleno sentido. “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se les dará por añadidura”, nos enseñó Jesús.

Por lo anterior, podemos contribuir a la felicidad del ser humano desde la perspectiva del Evangelio, aportando una visión que hace posible caminar con horizonte. Esto se hace particularmente necesario hoy ante una cultura que no quiere plantearse este problema y nos invita a vivir y gozar solo el presente, encerrándonos en un drama sin destino.

El ser humano, que a diferencia de otros vivientes, por su inteligencia puede visualizar el futuro, experimenta dramáticamente, aunque quiera negarlo, su temporalidad y sabe que es finito en medio de una añoranza profunda de trascendencia. La verdad de nuestra finitud en esta tierra está clavada en nuestras entrañas

La cultura globalizada desgraciadamente no suele dar respuestas a nuestras preguntas esenciales, las que seguirán germinando siempre desde el fondo de nuestra humanidad. Cuando tenemos un fin, un sentido, podemos enjugar nuestras lágrimas sin ocultarlas y sin mentira, darle un sentido al trabajo y superar los fracasos. Aquel que sabe para qué vive logra ordenar las victorias y las derrotas, las alegrías y las penas.

El cristianismo nos enseña la trascendencia del ser humano. Nos ofrece un horizonte que finalmente nos permite encarar el más ineludible de los obstáculos. La fe cristiana, basada en la resurrección de Jesucristo, nos hace comprender que al final está la puerta más importante, aquella que al franquearla nos permitirá encontrarnos con el rostro de Dios para vivir con Él. Solo allí se develará el misterio total de nuestra vida. Cuando se produzca ese encuentro, todos los caminos se encontrarán y adquirirán su pleno sentido.

Sabemos que para muchos de nuestros contemporáneos nuestra visión no es fácil de aceptar. Sólo un testimonio honesto y coherente de nuestra parte puede ayudar a nuestros hermanos a abrirse a un mensaje que responde a los más hondos anhelos humanos.

3. Jesús nos ayuda a remplazar el individualismo por el amor y la solidaridad

Frente a un individualismo creciente, Jesús nos enseñó que lo más humano es vivir para los demás. El resumió y completó todas las Escrituras en un mandamiento nuevo: "ámense como yo los he amado” (28). Ahí está el secreto de toda vida social plena y el camino para la felicidad tan añorada. Nos puede asustar el “como”, porque Jesús nos amó “hasta el extremo”, sin embargo, ese “como” se manifiesta como camino que lleva a la vida.

Poco a poco hemos ido confundiendo el concepto de persona con el concepto de individuo. El individuo es un ser separado de los demás. Por el contrario, la persona es un ser que vive en relación con los otros (29). Dios y nosotros, que somos su imagen, somos personas porque vivimos en relación. Vivimos y existimos porque nos aman y porque amamos.

El confundir el profundo concepto de la persona con lo que es el individuo ha creado una sociedad de individuos, donde cada uno compite, busca su éxito y se aísla. Es una cultura que rompe solidaridades y crea soledad. Vivimos masificados, pero en una soledad creciente y brutal. La masa es un agregado de individuos mientras la comunidad es un conjunto de personas que, conservando su individualidad, se dan unos a otros. Con un individualismo donde cada uno tiene que triunfar a codazos, se despedaza la esencia social del ser humano.

Si hay algo que pertenece al núcleo de nuestra fe es la fraternidad, la solidaridad. Somos, por esencia, sociales y no individualistas, y eso tiene muchas consecuencias, sobre todo en la educación. Un elemento fundamental de la educación de calidad es enseñar a vivir con los otros y para los otros. Se suele hablar hoy de los derechos pero se omite enseñar también los deberes de la persona. En muchos colegios se hacen públicos los derechos de los niños, y es bueno que se haga, pero le falta el complemento de los deberes que nos hacen cuidadosos y respetuosos de los otros.

Tal vez en este contexto valga recordar de nuevo el papel de la mujer, sus innegables derechos y sus deberes, y también la importancia de la dimensión femenina en todas las actividades humanas. Aquí radica uno de los mayores y más valiosos cambios en nuestra cultura que debemos cuidar y promover.

La mujer en su verdadera promoción puede ayudarnos, entre otras cosas, a asumir la dimensión del don y la delicadeza.

Finalmente merece especial mención, en este punto, la sexualidad que en el ser humano debe alcanzar su máxima dignidad por ser expresión privilegiada del amor y manifestación del don total y responsable entre personas. Hombres y mujeres han de educar esta dimensión para que llegue a su plenitud porque ella no está totalmente regida por el instinto como en el reino animal. La cultura actual tiende a convertirla sólo en objeto de satisfacción inmediata quitándole los compromisos y la estabilidad que le son esenciales. Esto puede generar mucha soledad y afectar la solidez de las familias. Sin una visión profunda del ser humano ella puede degradarnos.