lunes, 30 de julio de 2012

LO QUE OCURRE BAJO TIERRA

La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de humanidad, que traerá consigo enormes mutaciones. Un nuevo orden se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas más trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio. […] La visión de estos males impresiona sobremanera a algunos espíritus que sólo ven tinieblas a su alrededor, como si este mundo estuviera totalmente envuelto por ellas. Nos, sin embargo, preferimos poner toda nuestra firme confianza en el divino Salvador de la humanidad, quien no ha abandonado a los hombres por Él redimidos…
 (Constitución Apostólica de Juan XXIII convocando el Concilio Vaticano II, 25 diciembre 1961)

A pesar de lo que pueda parecer, y porque muchos datos de la realidad lo sugieren, no es momento para el derrotismo. Algo nuevo está surgiendo, algo que es imparable y que nace de forma subterránea en las conciencias de gente de buena voluntad. Ese camino imparable es obra del Espíritu de Dios que no deja a la humanidad desamparada. Ese camino va a implicar cambios sustanciales. Esto es lo que viene a decir Juan XXIII cuando convoca el Concilio Vaticano II.  Desde su punto de vista, frente a la ansiedad de los que sucede, la actitud no es la desesperación ni el abatimiento, la actitud correcta es la reflexión que prueba qué necesaria es la vigilancia y el sentido de responsabilidad de cada quien para afrontar las urgencias y necesidades del mundo actual. La Iglesia debiera ser cauce para que se promuevan los cambios.

Pero, ¿dónde están ocurriendo los cambios? Los cambios significativos no ocurren en el orden establecido, político, religioso o económico, el orden que impera en la actualidad. Los cambios están ocurriendo en la oscuridad de la tierra, en las conciencias de las personas que sufren, en las situaciones sin salida de los pobres, en lo que está abocado al fracaso. En esas situaciones límite ocurren los cambios. ¿Por qué? Porque ahí está la verdad de todo.

Entonces, toca mirar lo que hay bajo el asfalto, lo que hay bajo el lodazal, lo que hay bajo las ruinas, lo que hay bajo los escombros, lo que hay bajo los brillos, los triunfos y las medallas. Y eso que hay, nos mostrará el camino a seguir. Un camino que será de vida definitiva e inmanipulable.

Ahora observemos en nuestras comunidades: ¿dónde están ocurriendo los cambios? Quizás estén ocurriendo más allá de lo que aparece o de lo que está funcionando. Quizás el motor de los cambios esté en esas mujeres que persisten en compartir semanalmente la Palabra de Dios aunque la mayor parte de sus vecinos y vecinas no sientan la misma necesidad y aunque no se quieran asumir determinadas responsabilidades como el ornato, la animación, el compartir o la catequesis. Quizás los cambios estén viniendo de esos ministerios que llevan años en sus comunidades esperando un rebrote de algo distinto y que no son considerados por cristianos que buscan un sacramentalismo sin compromiso. Y puede que los cambios estén en ese esfuerzo colectivo y compartido que brota de una minga espontánea ante un próximo acontecimiento. O en la persistencia de esa familia que mantiene viva la comunidad con su propio testimonio y preocupación por lo que le pasa a quienes tienen al lado. O quizás los cambios estén viniendo de aquella mujer que supera el maltrato a la que es sometida y se pone en pie buscando ayudas y medios para salir adelante. Y por supuesto, quizás los cambios lleguen de esa actitud solidaria de resistencia que es fiel al Evangelio frente al intento de violencia y aniquilación que el fundamentalismo con tinte católico pretende.

Por todo esto, nosotros, nosotras también preferimos poner toda nuestra confianza en Jesús y esperar contra toda esperanza a que ocurra lo que tantas veces pasa en el Evangelio: que la semilla amenazada es la que genera el fruto, que el grano débil de mostaza es el que se convierte en árbol, que la mujer humillada por la cultura patriarcal es la que recibe la alabanza y fortaleza de Dios, que quienes se ponen a servir, acaban siendo los importantes... Y mientras, quienes se creen justos ante Dios acaban estando en mentira, quienes utilizan su poder religioso para imponer cargas a los débiles están fuera del Reino de Dios, quienes quieren protegerse teniendo primeros puestos y dignidades, acaban siendo descubiertos y humillados.